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Palabras Impecables

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Juan 1:1

Las palabras son más que letras de un alfabeto entrelazadas para formar una unidad de significado. Cada palabra es un conjuro. Dices “silla” y en tu mente aparece con claridad un artefacto de cuatro patas que sirve para sentarse. Eso que dices es una imagen, es una vibración y es una energía. Y todo es energía. 

Así mismo, si dices “soy bella” o “soy gordo” la mente produce el conjuro correspondiente. Por eso, en el libro de Los cuatro acuerdos del doctor Miguel Ruiz, el primer acuerdo aconsejado por la sabiduría tolteca es que seas impecable con tus palabras. Tanto aquello que pronuncias como aquello que escuchas es una creación energética cuyo poder se manifestará en tu mundo -a menos que sepas como evitarlo.

Impecabilidad quiere decir sin pecado. ¿Qué es el pecado? Todo lo que te daña. De ahí que es de suma importancia que cuando hables, te fijes cuidadosamente en lo que dices para que aquello que conjuras no te caiga encima. Por más increíble que parezca, puedo decir que nunca me han robado algo que he dejado olvidado por accidente. La primera vez ni lo noté. Volví sobre mis pasos por los túneles de un tren subterráneo y encontré colgada de un pasamanos una bufanda muy bella que se me había caído. Alguien la recogió y en lugar de quedársela, la levantó del suelo y la dobló con delicada simetría sobre la barra atornillada a la pared. Recuerdo haberme dicho, ¡vaya, la gente de esta ciudad es muy honesta! 

No obstante, se me han quedado cosas olvidadas (carteras, joyas, teléfonos, sombrillas) en otros establecimientos de ciudades distintas. Sin falta, al darme cuenta, regreso al lugar y encuentro que alguien retornó lo encontrado. Porque esto me ha ocurrido con cierta frecuencia, empecé a prestar más atención. Noté que la primera frase que me venía a la cabeza frente una de estas situaciones era: a mí no se me pierde nada. De seguro que alguien lo encontró y lo regresó. Pues sí, siempre se cumple lo mismo, recupero aquello que he dejado olvidado.

Lo contrario también me ha ocurrido. Recientemente en San Juan, (Puerto Rico) perdí las llaves de un coche rentado. Tres veces el empleado quiso convencerme de comprar un seguro que me protegiera en caso de que las extraviara. Como nunca he perdido las llaves de ningún coche, propio o alquilado, le dije que no. Mientras me dirigía hacia el hotel, por un segundo dudé de mi decisión. ¿Debí haber comprado ese seguro?… Ese muchacho insistió tanto que tal vez… No. No pasará nada, concluí.  Lo que no sabía entonces, pero YA LO SÉ, es que en ese momento permití que el hechizo de sus palabras cayera en terreno fértil. Al día siguiente, perdí las llaves. ¡No me lo podía creer! La duda fue mi enemiga. Si mi madre hubiera estado conmigo cuando el empleado intentaba venderme el seguro, habría repetido cancelado, cancelado, cancelado por cada vez que el joven lanzó al aire su pronóstico de llaves perdidas. 

El libro Los cuatro acuerdos, plantea que el efecto de las palabras ajenas puede ser contrarrestado una vez existe un dialogo interno donde no hay cabida para la puesta en escena que nace de las palabras mal intencionadas o negativas. Para crear un clima interno poco propicio para lo malo, primero tenemos que sembrarnos por dentro de vibraciones sanas, de palabras de amor, bienestar, salud, abundancia, de todo lo bueno, lo bello, lo santo, lo puro. En resumen, hay que ser absolutamente impecables con las palabras que nos dirigimos a nosotros mismos y con las cuales nos dirigimos a los demás, en vista de que esas -a su vez- rebotan.

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